viernes, 4 de mayo de 2007

La angustia de lo inalcanzable

Juan es empleado público. Desde hace 12 años se levanta todos los días a las 8:15, pone la pava en el fuego, se toma dos amargos, sacude los pelos de su pantalón azul oscuro, plancha su camisa marca Polo, comprada por 15 pesos en Retiro, y se va a trabajar.
Desde hace unos meses lo aqueja una angustia insoportable. De repente se dio cuenta que la muerte lo vigilaba. Fue casi un golpe, una revelación: abrupta e inmisericordiosa, lo golpeó de lleno una tarde cuando volvía a su casa. El 102 casi se lo lleva puesto en una esquina, y su corazón, viejo después de 57 primaveras, no resistió la descarga de adrenalina y cesó de trabajar.
Roco, su perro, lo espera en su casa todos los días a la misma hora. El animal desarrolló un hábito singular que consiste en echarse en el suelo a las 18:27, dos minutos antes de que se escuchen inevitables los cansinos pasos de su dueño. Roco es mezcla de ovejero alemán y perro callejero, siendo su primer mitad motivo de gran orgullo para Juan, ya que, como él dice: "Los ovejeros alemanes son los perros más vivos". Roco no come alimento balanceado. Juan lo alimenta con los restos de su comida, y eventualmente, le cocina un guiso con carne.
Gabriela estudia y trabaja. Vive, como otros tantos porteños, en el caos de cemento y luces que es esta ciudad. Se despierta muy temprano a la mañana porque el supervisor del call center está necesitado de plata y les exigió que viniesen más temprano o "se buscasen otro laburo". Gabriela es infeliz. Al salir de ese antro que llama oficina, dirige sus pasos mecánicamente hasta la facultad de Derecho. Sube el puente pensando en las perfecciones lejanas e imposibles de su mente, y escucha durante 4 horas una recitación indolente dirigida por un abogado retirado. Vuelve a su casa, llama a su novio, se pelean por teléfono, y se acuesta a dormir abrumada por los pensamientos negativos y el agotamiento físico.
Vivimos en un mundo de bienes escasos. Al menos en esto estoy de acuerdo con los liberales. Aunque logremos desasirnos de los diversos yugos e ismos, capitalismo, socialismo, comunismo, el alma humana, o cualquier otra variante de eso que llamamos conciencia, seguirá debatiéndose en frenética lucha con las perfecciones inalcanzables de la mente.
Somos, en esencia, seres dotados de una razón capaz de imaginar las delicias más paradisíacas, y a la vez incapaces de alcanzarlas todas ellas. El pobre llora porque le falta la comida y los hijos no pueden ser educados correctamente, el rico llora porque hay más ricos que él y porque no duerme tranquilo sabiendo la tremenda cantidad de dolor y confusión que genera al explotar a los cincuenta bolivianos que trabajan para él en Caballito.
Pareciera que una divinidad caprichosa y voluble estuviese jugando con nosotros, haciéndonos caer para volver a levantarnos en medio de un fango doloroso y gris. ¿En dónde está la vida, la alegría, la felicidad? Si incluso en condiciones de relativa estabilidad, hasta los más sabios entre los humanos se buscan problemas, conflictos. Ese cerebro, esa mente que está ahí para aprehender la realidad, para jugar con los problemas, al no encontrarlos, se los crea.
Tal vez todo sea tan sólo una excusa. Tal vez, realmente sólo queramos quejarnos de algo, porque sabemos que, en realidad, los verdaderos sufrimientos son los de morir de hambre, ser asesinados y violados, o peor, ver a aquellos que amamos, sufrir dichas desgracias.
Aun así, no puedo evitar desconfiar de un Dios. No hay tal divinidad. Ya no es necesaria para explicar todas las desgracias. El universo es un lugar mecánico y frío, pero el ser humano tiene la posibilidad de evadirse de él, cada vez más. Cada vez desarrollamos tecnología más absorbente. Y ni siquiera necesitamos la última computadora para eso. Los libros, para aquellos que desarrollamos el indeciblemente maravilloso arte de la lectura, son capaces de transportarnos hacia lugares que nuestros ojos no pueden.
Juan llega a su casa y, contrario a lo planeado, enciende un cigarrillo, se saca cómodamente los zapatos, pone música y se sienta con un ejemplar de "Los hermanos Karamazov" en el regazo. Disfruta enormemente contemplar la delicada tapa de cuero y el tan particular olor del papel recién impreso. Pasa una de sus mejores noches, viajando hacia la Rusia zarista, hacia la angustia existencial y cristiana de Dostoievski. Roco, a su lado devora los últimos huesos de asado que le trajo su dueño.
Gabriela, se despierta, y llora quince minutos. Reflexiona, llama a su madre, se emociona, le cuenta sus angustias, sus planes, y le confiesa que va a renunciar a su trabajo. Su madre la entiende, le ofrece su ayuda. Gabriela agradece interiormente. Prende su computadora, se siente melancólica. Mira por su ventana, y aunque el paisaje no le gusta, el leve resplandor de su pc portátil ilumina su cara, por la cual cae una lágrima de paz y de felicidad.

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