domingo, 23 de diciembre de 2007

El vigia

En tierra extranjera, observador del batir constante de las olas marinas, soy un naufrago solitario en una isla desierta. Como muchos otros antes de mi, me siento a escribir esperando el amanecer, en busqueda de la tibia compania del Sol y las aves marinas.
Un tono azul cambia en el firmamento, anunciando la infinita repeticion del nacimiento del astro divino, el cual infundira en todas los mortales al aliento de vida y la promesa de un nuevo dia.
La inconstante Luna ya se esconde detras del Oeste, y su luz palida y fria abandona las brumas informes aqui abajo en la Tierra, donde su aparicion suele ser mas una amenaza que un lucero de salvacion para los viajeros desprevenidos.
Todavia no logro oir el melancolico quejido de las gaviotas, acurrucadas en los matorrales lejanos al Mar, en espera de temperaturas menos severas que las presentes.
En una tierra en donde el suave sonido del vaiven de las hojas de las palmeras, anuncio de una tierra hospitalaria, fructifica por todas partes, yo me siento solitario, como todo hombre se siente alguna vez en su vida.
Y con la humana duda a mi lado, unica companiera fiel, me siento en mi banco de arena a esperar el amanecer del Mundo.
Cuando al fin apareza el aureo astro, ire a descansar otra vez victorioso, otra vez derrotado, esperando el imposible final de mi fatigosa labor.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Inspiración socialista

Vivir en esta vida para morir y obtener una recompensa en un hipotético Más Allá es, hoy por hoy, un insulto a la Historia de la Humanidad. ¿Por qué esperar con paciencia la llegada del Reino de los Cielos, cuando juntos podemos construir un mejor Edén que el Bíblico en nuestra pequeña burbuja azul?

El optimismo, a pesar de todas las maldades del Ser Humano, es heredero de la Ilustración y de las disciplinas más humanas que ha tenido el Hombre, como la filosofía Jónica y el paradigma científico-matemático. Hoy por hoy, creo que a pesar de las tendencias autodestructivas que poseemos, vamos a lograr convertir este Planeta en un hermoso jardín.

lunes, 26 de noviembre de 2007

The Diggers

Hoy me gustaría mencionar brevemente la obra de uno de los pensadores ingleses que más me ha gustado leer. Se trata de Gerrard Winstanley, quizás el fundador del movimiento que en 1650 se conocería en los arrabales de Londres, como The Diggers o True Levellers. A continuación voy a agregar un vínculo a su obra corregida The Law of Freedom in a Platform, que incluye las bases de su pensamiento e ilustra hermosamente algunas de las teorías políticas y religiosas en boga en la convulsionada Inglaterra de mediados del siglo XVII.
Winstanley fue un autor profundamente influido por lecturas muy subjetivas de la Biblia, en una época de grandes crisis religiosas en Europa, cuando los movimientos Protestantes fomentaban una aproximación más personal e individual hacia los textos sagrados, lo cual produjo grandes controversias en su tiempo.... incluso en vida del mismo Martin Luther. Quizás muy próximo al anabaptismo, que había conocido un gran éxito debido a la obra y vida de Menno Simmons, del otro lado del Canal, el pensamiento de Winstanley está lleno de vida y de ideales religiosos, pero también sociales, y sus primos conceptuales probablemente sean los famosos quakers, luego asentados en la noble Philadelphia de Norteamérica.
Aquí les dejo un atajo a su hermosa obra, dedicada al Protector de los Reinos Británicos (con excepción de la Escocia presbiteriana), Oliver Cromwell.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Preocupación ecológica

Últimamente, una extraña obsesión invade mis pensamientos de día y me sorprende durante los miedos inconscientes de la noche: el fin del Mundo.
Hace ya unos años que un vívido sueño, el más vívido de todos los sueños que tuve en mi vida, destruyó mi ingenua creencia en la inmortalidad de nuestro pequeño Planeta. En él, un enorme asteroide de forma irregular y de un intenso color rojizo colisionaba directamente con la Tierra. La sensación era demasiado real, casi física, podría decir. El sacudimiento, la enormidad del elemento extraterrestre, la nitidez de los cráteres en su superficie, todo representó en ese momento un cambio significativo en mi relación con el medioambiente y con el Universo.
Hoy, este miedo inconsciente, representado en un sueño por la inminente destrucción del mundo, me lleva a intentar medidas individuales (puesto que no creo en la bondad de los hombres, y en eso me parezco a Calvino y a Waltari), tales como el vegetarianismo (ahora abandonado) y más recientemente el reciclado. ¿Qué es lo que hacemos cada uno de nosotros por evitar que los mares se levanten, que la temperatura aumente y que los ecosistemas colapsen directa o indirectamente?
Esto es absolutamente serio: ¿hay alguna posibilidad de devolver el equilibrio climático a la Tierra.... ese precario equilibrio que hoy ya no existe? ¿Sirve de algo participar en una campaña como la promovida por Greenpeace para la Ley de Bosques (a la cual adherí, pero en cuyos satisfactorios resultados no confío totalmente)?
En última instancia, todas las preguntas me devuelven al punto de partida de todos los filósofos: ¿puede el hombre cambiar o seguirá siendo un autómata incapaz de racionalidad y amor? ¿Podremos evitar esta catástrofe sin precedentes en la historia del pequeño globo azul del Sistema Solar?





miércoles, 21 de noviembre de 2007

El sueño del cátaro

Bajo un cielo profundamente anaranjado, bellas nubes de color añil chocan con una columna de inconmensurable tamaño, cuya perfección es absoluta e irreal. El material, inexistente en cualquier otro lugar de la región, se parece al metal que en algunas partes se conoce como titanio, y posee un color azabache intenso. La columna se pierde entre las volutas de fino gas, y más allá del cielo de color intenso.
Me he encontrado esta mañana pensando en el significado de esta columna, que algunos llaman Dios. Una profunda angustia corroe mi alma. La sabiduría de los filósofos, que antaño calmase mi sed, es polvo en mi boca y espinas en mis doloridos pies.
Y es que existen rumores que indican que otras columnas, igualmente perfectas han sido encontradas en remotísimas regiones, donde la tierra es negra como las plumas de cuervo.
Todo empezó hace aproximadamente 100 años cuando un anciano viajero llegó con extrañas nuevas sobre el colapso de las columnas. Todos nos mofamos de él, tachándolo de ateo y profano. Ahora que lo pienso, lamento mis acciones.
Pocos meses después, uan joven compañía de muchachos vagabundos, provenientes del Sur quedaba sorprendida por nuestra columna. Decían que sólo conocían una, pero que era el color lo que los dejaba sorprendidos: en sus húmedas tierras, la columna era blanca, de un blanco marfil de nívea tonalidad.
Obsesionado por estos dos extraños eventos, salí a recorrer el mundo en busca de nuevas. Y lo que encontré fue, sin dudas, sorprendente: tras 76 años de intensa búsqueda descubrí 17 columnas, 8 blancas y 9 negras, dispuestas en orden aleatorio, a lo largo de más de 60 diferentes bloques de tierra cuadrangulares.
Lamento profundamente haber comunicado estas noticias a mis hermanos en el mundo, puesto que ahora se ha corrido la voz de que un hereje ha proclamado la finitud del mundo (lo cual sin duda contradice la infinitud visible de las columnas). Hoy a la noche, a más tardar, seré inmolado en el altar Norte por mis viles ataques a la Deidad sin nombre. Una espantosa seguridad me invade. Nuestro mundo, con forma de ajedrez, es el tablero en el cual dos potencias se disputan las almas. Los movimientos de los que habló el Viejo son, sin embargo, espaciados. Demasiado espaciados. He calculado que cada columna se mueve aproximadamente cada 300 millones de años.
Creo, desde mi celda, poder vislumbrar la Corona de Hierro que ostenta nuestra Deidad. Mi lucidez me hace fuerte en estos momentos de desgracia. Mi alma la entrego al noble jugador detrás del juego.

jueves, 11 de octubre de 2007

El jardín de Buddha

En el jardín del Buddha crecía una gran flor amarilla, exhuberante, grandiosa como el Sol naciente sobre el mar, como el fuego crepitante en la noche oscura. Era lo más preciado a los ojos del gran Maestro, ya que representaba la existencia pura y libre de pecados, la belleza más primigenia.
Con un agraciado pero firme tallo verde, la flor se erguía unos setenta centímetros por sobre el nivel del suave césped de color esmeralda, resaltando con sus intensos colores y su poderosa fragancia.
"¿Qué será de esta flor cuando yo no esté aquí para cuidarla?", pensó un día el Buddha. "Esta flor depende de mis cuidados y crece pura y exclusivamente gracias a la protección que yo le otorgo. Sin mi custodia, se marchitará como un lirio bajo los rayos del imperioso Sol del mediodía".
Como era costumbre, el Buddha decidió un día no seguir preocupándose más por el destino de la flor. "Todo crece, y todo debe morir algún día, para volver a renacer nuevamente. Quizás esta flor logre encarnarse en el futuro en un Ser capaz de protegerse a sí mismo, un hermoso Ser dotado de razón y voluntad, tal como Yo lo soy ahora."
Pasaron los años, y el Buddha envejecía lentamente. La sabiduría que colmaba su corazón y satisfacía su búsqueda por la perfección no lograba, sin embargo, quitarle un pesar arrinconado en lo más profundo de su Ser. Como si se tratase no ya de la flor, sino también de algo subrepticio, que tuviese un significado que fuese preciso descubrir, el Maestro se pasaba casi todos los atardeceres mirando los últimos rayos dorados del ocaso reflejados en los suaves y delicados pétalos de su flor amarilla.
Al morir, la flor, tal como él sabía que sucedería, se marchitó por falta de cuidados. Ninguno de sus sucesores fue capaz de observar más allá de las estrictas enseñanzas que él les había dictado, y tras unos pocos días, observaron con cierta indiferencia el tallo quebrado, y las moscas sobre los ya muertos pétalos.
Años y años pasaron sobre el jardín del Buddha, años que se contaron por siglos, y por milenios. Y en el una vez hermoso jardín, volvieron a crecer hermosas flores, pero ninguna tan hermosa como aquella flor amarilla que una vez se enseñoreó del jardín.
Sin embargo, el terreno fue comprado por un gran empresario de origen indio que, sin saberlo, se paraba con cierta satisfacción sobre los mismos suelos por los que una vez caminó Buddha.
El empresario tenía una hermosa hijita, una niña frágil pero muy especial, quien hablaba con los pájaros y los árboles. Sin saberlo, la flor se halló mirando fijamente el suelo que fue su hogar hacía muchísimos años, y una gran melancolía se instaló en su corazón. Extrañamente creía recordar las plantas que allí vivieron, sólo que ahora eran distintas. Creía recordar a sus amigos, los grandes árboles de mango, sólo que habían cambiado, y sus ramas se había oscurecido. Los pájaros cantaban otras canciones, y ya no las recordaba. Y faltaba aquel hombre que la contemplaba con amor y cierta preocupación, como un padre.
La niña, sin saber por qué, lloró junto al cantero en donde alguna vez había vivido, miró el cielo añil sobre su cabeza, contemplando maravillada la lluvia de estrellas fugaces que en ese momento cruzaba el firmamento, y se dio vuelta para encontrar a su Padre mirándola con cariño y una cierta preocupación.

jueves, 23 de agosto de 2007

Profecía

(...) y tal vez los hombres del mañana mirarán con franco horror la barbarie cometida por los hombres, la salvaje brutalidad del sometimiento, y la injusticia del rico y el poderoso.

jueves, 12 de julio de 2007

La ciencia

Marx dijo alguna vez que la ciencia era un edificio con cimientos extraños. En efecto, mientras que los pisos superiores pueden adquirir un tamaño considerable y desplegar todo el lujo del anquilosado saber, sus columnas principales son, en cambio, frágiles como el papel.
Los axiomas son las sentencias indiscutibles sobre las que descansa esta peculiar construcción.
Hoy en día pocos se aventuran a contradecir oraciones simples como que A es igual a A, y por lo tanto, distinta de B, o que los hombres se asocian por necesidad, o incluso que el individuo y el Yo existen.
Pero al aceptar ciegamente estas proposiciones la ciencia se niega a sí misma, y pierde la oportunidad de investigar temas capaces de brindar una fuente de inagotables riquezas.
Los continuos cambios que sufren los paradigmas son consecuencia de esta inestabilidad estructural. Año a año los pisos colapsan, los pasillos son bloqueados y las puertas cerradas. Un modelo sucede a otro, pero son pocos los que se atreven a sugerir que el problema quizás no esté en el modelo, sino en los mismos cimientos que le dan sustento.
Hasta que los científicos no comprendan esto, su construcción seguirá desmoronándose como un viejo edificio sometido a las inclemencias de la naturaleza.
Si el Ser Humano quiere que su saber crezca como un bello y esbelto árbol tiene que comprender la acientífica naturaleza de la ciencia moderna, por más paradójico y contradictorio que esto parezca.
Yo les digo que debemos investigar constantemente nuestros prejuicios, los cuales son los que nutren los axiomas. Esta es la principal responsabilidad de Ser Humano como tal: dudar, investigar, observar continuamente, desconfiando de los mismos pensamientos, del contenido de la conciencia, que es la misma conciencia.
Tal vez de esa manera logremos volver razonable al irracional intelecto humano, el cual es destructivo, tal como lo es hoy la investigación científica, puesta al servicio del terror, la violencia, y la explotación.

Pintura Medieval Tardía

La pintura medieval tiene algo único. La nitidez, la rigidez extrema la ubica entre un mundo arcaico, estático, y una nueva era de movimiento, de florecimiento del ser humano. Los colores son siempre hermosos, optando por el contraste más que por la armonía.
La siguiente representa a Richard II de Inglaterra, recibiendo a los campesinos en la revuelta del año 1381, uno de los acontecimientos más importantes de la historia inglesa.


lunes, 11 de junio de 2007

La inteligencia

La mayoría de nosotros tenemos miedo. En algún rincón de nuestra mente hay miedos profundos, que nos condicionan, que nos atrapan, que nos mantienen enjaulados en hábitos.
La respuesta que damos cuando aparecen estos miedos es la de no hacerles caso, la de intentar no pensar en ellos. Sin embargo, puede que esta sea la acción incorrecta.
El pensamiento busca el placer y se aleja del dolor en todo momento. Y sin embargo, pocas veces nos preguntamos qué es esta desesperada búsqueda de autoprotección. ¿Intentamos sentir ese miedo, somos valientes como para quedarnos con él? Yo creo que una vez que lo hemos sentido, que lo hemos mirado a los ojos, que no intentamos hacerlo desaparecer, ese miedo, que es dolor, angustia, se esfuma.
Una nueva energía entonces mana de nuestra renovada mente. Un cambio profundo tiene lugar en la psiquis del ser humano.