domingo, 12 de abril de 2009

Hijo de la Loba

-¡No puede ser ese el camino, Julio! Me niego a creer que le hagas caso a ese estúpido oráculo-, exclamó Marcelo.

Lo miré con compasión. Sé lo que el pueblo piensa de mí; creen que soy un supersticioso. Pero mi destino está junto al Teatro de Pompeyo. Como Aquiles, elijo la senda de la muerte, y de la inmortalidad.

-Así está profetizado. La Sibila ha hablado, y aunque tú hayas sido educado como un griego, con todo su escepticismo, yo sé que no hay más salida que ésta. ¡Mira las provincias, Marcelo! He pasado los últimos años viendo como los buitres que llamamos gobernadores, tus colegas y mis compañeros, devastaban con rapacidad a miserables campesinos. En Galia, donde derroté a un pueblo rico y poderoso, la República no ha dejado más que desiertos y familias abandonadas a sí mismas, con las onerosas contribuciones del Senado. Esto debe terminar: y la única forma de hacerlo es instituyendo un gobierno personal-.

-El pueblo jamás aceptará una Monarquía. Tienes que saber eso-.

-El pueblo aceptará lo que yo diga. Las formas se mantendrán, pero el espíritu de gobierno cambiará. Y la única forma de lograr esto es con un sacrificio. Los augurios son claros-.

Lo miré con compasión. Tendemos a ver a quienes van hacia la muerte voluntariamente, con incomprensión, como si el destino de los vivos fuese privilegiado. Yo sé que el Dios Uno del que me han hablado los judíos rige los destinos de todos nosotros: incluso de aquellas divinidades terrestres, amasadas con el polvo de los caminos y la electricidad del cielo. Sí, incluso ellas están sometidas al Inmutable que nos preexiste. Los filósofos griegos sabían esto. En Eleusis, el Iniciado abre sus ojos a esta verdad, más antigua que el Mundo, y más clara que el agua de la Sabina.

-Marcelo, querido amigo, tú eres como un hijo para mí. Tienes que saber que hago esto por ustedes, porque deseo que Roma permanezca; de otra manera, estamos condenados a levantamientos perpetuos, a ver colapsar nuestro gobierno bajo rebeliones que no cesarán. Pero también lo hago por mí. Sí, soy un maldito vanidoso, y mi última debilidad es saber que mi nombre se leerá en los libros de escritores futuros con admiración. Al igual que el divino hijo de Tetis, mi deseo es alcanzar la fama inmortal-.

Marcelo me tomó por la túnica, rogándome silenciosamente una última vez. Mas al ver mi mirada decidida me dejó ir. Lo abracé, pues realmente este joven había ganado mi afecto con su pueril devoción. A pesar de ser un chico excepcionalmente dotado para la intriga, nunca me había abandonado. Lo dejé junto a la estatua de Pompeyo. A lo lejos venía Marco Antonio, pero temiendo otra inoportuna demora, seguí mis pasos hacia mi fatal destino.

El brillo de la muerte relucía en los rostros de todos los conjurados. Casca, Casio y Bruto estaban allí. ¡Qué histriónico todo esto! Estaban más nerviosos que las jovencitas que por primera vez hacen sus pasos en los miserables teatros de madera improvisados junto al Circo. Los miré con serenidad, desafiando esta ridícula puesta en escena. Por un momento, dudaron, viendo en mi mirada una resignación que demostraba que yo conocía su plan. Temieron, y volvieron para pedirse ayuda mutuamente, pero, Hijos de la Loba, juntaron coraje, y Casca, pretextando algo sobre su hermano, me hirió el primero, luego seguido por diez, quince, veinte conjurados.

Antes de irme, los miré por última vez, con una sonrisa en los labios, sabiendo que Roma vencía, y que yo ganaría mi merecida inmortalidad.

A propósito de las Pascuas

A pesar de ser normalmente una persona que disfruta de llevar la opinión contraria, de lucir por oposición, debo admitir que no soy más que un cristiano vulgar.

¿A qué me refiero con esto?

Pues que realmente sigo el núcleo de las enseñanzas éticas de Yeshuá ben Yosef, contenidas en los cuatro evangelios, y en los libros de hechos y posteriores escritos de los padres. Esto equivale a decir, quizás, que, como millones de otros cristianos modernos, tengo simpatías por la figura del predicador galileo, aunque descreo de la Iglesia. En este último punto cimento mi postura de ser un cristiano vulgar, uno más de la masa.

Pero es difícil no apreciar su figura (no creo que haya sido una figura histórica, ¡qué contradicción!, ¿eh?) cuando bajo su nombre aparecen narradas historias tan conmovedoras, y palabras tan sabias y sensatas. Ya que celebramos en estos días su muerte, pero sobre todo su resurrección al tercer día de haber sido sepultado, pensé en transcribir algunas de las partes que más me gustan.

Antes de comenzar, voy a agregar una explicación al uso de huevos pascuales. Los huevos han significado para innumerables culturas la transición de la vida a la muerte, y viceversa. El huevo, como potencia de lo que está por hacerse vivo, y también como presencia de lo no manifestado. Es un estado intermedio. Es también un símbolo muy gráfico de la inmortalidad: si el huevo contiene vida y la vida engendra huevos, entonces hay posibilidad de vida ilimitada y resurrección.

Oyeron que fue dicho: "Ojo por ojo y diente por diente". Pero yo les digo: No resistan al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo niegues.

Mateo 5, 38-42.

"Oyeron que fue dicho: "Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo". Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, hagan el bien a los que los odian y oren por los que los ultrajan y persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos. Si amas a quien que te ama, ¿qué recompensa tendrás?

Mateo 5, 43-46.

No juzgues y no serás juzgado; no condenes y no serás condenado; perdona y serás perdonado. Da y se te dará"

Lucas 6, 37-38.

sábado, 11 de abril de 2009

Packt Like Sardines in a Crushd Tin Box

Vallecitos

Un amigo está haciendo trekking en Mendoza (Vallecitos, a 5.500 metros de altura), y sacó fotos muy copadas. Me había invitado a ir: ahora veo que debería haber aceptado la propuesta.



Una imagen

La imagen llegó un día de calor, cuando avanzaba fatigosamente entre la espesura de cipreses y pinos que adornan los idílicos cerros de San Martín de los Andes. Recuerdo que ascendía por un empinado y polvoriento sendero, con una cantimplora llena de agua helada en una mano, un cestillo de guindas silvestres en otra, y las zapatillas destrozadas por la rugosa irregularidad del sendero.

Vino sin previo aviso, y se coló en mi mente, como un visitante mal educado, que pasa sin pedir permiso y se sienta cómodamente en nuestro sofá. Así, pues, llegó esta imagen que movió los cimientos de mi propio ser, de manera inesperada. Hacía ya dos horas que había decidido recorrer el camino que llegaba hasta un famoso mirador y que continuaba hasta una de esas casas de Té de estilo germánico, de las que abundan tanto en el Sur argentino. Estaba cansado, pero también contento: estaba de vacaciones, y no tenía nada mejor que hacer que recorrer la inmensidad de el montuoso terreno que, decorado por una cinta azul de agua (el Lago Lácar) es lo más hermoso que he visto en toda mi vida.

Así pues, esta imagen congelada en el tiempo me impactó emocionalmente. Fue como una inspiración divina, un mensaje llegado del más allá (del más acá interno), una sacudida, un violento despertar hacia lo que realmente anhelaba. Sacudió todo lo que pensaba que era, todo lo que me había forzado a aceptar como propio, y logró hacerme comprender cual era mi deseo más profundo.

En ella, sentado sobre el piso estaba yo, leyendo a mis hijos, mientras éstos escuchaban y miraban atentamente, quizás asustados por el relato de su padre; quizás impresionados por la trama. Se vislumbraba en sus ojos esa expectación que sólo los niños tienen: la sensación de lo nuevo que sólo una mente fresca y no tocada por la madurez y por los años, puede lograr. Afuera hacía frío, y pesadas gotas de agua habían dejado su marca en el amplio ventanal de la casa. Una chimenea bien provista de leños estaba encendida a nuestro lado, y todos estábamos inclinados hacia su lado, tan sólo iluminados por su tibia luz y abrigados por su llama protectora.

Y allí también estabas vos, mirándonos desde la cocina, siempre sonriente, siempre hermosa. Satisfecha de hallarte en paz con vos misma, y sorprendida de encontrarte pensando en ese momento en un ascenso, un ascenso que creías recordar de algún lado, un ascenso decorado por un sendero bordeado de cipreses y pinos y decorado por una cinta azul de agua.

viernes, 10 de abril de 2009

Apatía

Con ánimo cansino deja que se extienda esa sensación de abatimiento: primero en su pecho, luego hacia sus extremidades. La sensación de sopor, de tibia desesperación y de desgano, se apodera de su cuerpo todo. Una voz recita en su mente: "déjate llevar, tan solo flota en este mar de quietud".
Está a punto de acariciar esta tenebrosa inercia, cuando una luz despierta en su interior, y lo inunda de optimista alegría, llevándose con sus cálidos rayos, las pálidas y lúgubres nieblas de la apatía.

jueves, 9 de abril de 2009

Vocatio

"Grates, inquit, tibi ago, summe Sol, vobisque, reliqui Caelites, quod, ante quam ex hac vita migro, conpiscio in meo regno et his tectis P. Cornelium Scipionem, cuius ego nomine ipso recreor; itaque numquam ex animo meo descedit illius optimi atque invictissimi viri memoria".

Cicero, Somnium Scipionis.

Mi profesora de latín dijo algo ayer que hizo caer la ficha: dijo en un momento de divina inspiración (tiene que haberlo sido, por cierto), que toda la fatiga de aprender este fardo gramatical, las normas, las desinencias infinitas, los tiempos verbales extraños, etc., tenían su premio cuando uno podía sentarse con un libro, leer un párrafo como el anterior, y tener una conversación directa con un hombre que vivió hace más de 2000 años.

Fue como un clic, una chispa que encendió un fuego más grande. Me di cuenta que amo lo que hago, que voy a disfrutar muchísimo mi carrera, y que al relegarla, al postergarla, al pensar que no era algo que estaba seguro quería hacer, me engañaba a mí mismo.

Desde que tengo 8 o 9 años estoy interesado en la historia del Mundo Mediterráneo: de toda esa cultura regional que se extendía desde las Columnas de Hércules hasta la Propóntide, y aún más allá. Por muchas razones, fui relegando esta actividad, diciéndome que no era lo que quería hacer, que tal vez no había una vocatio en la vida de todas las personas. Creo haber descubierto ayer que este no es mi caso.

El texto anterior, escrito en el más bello de los latines, dice lo siguiente:

"Te doy las gracias, Soberano Sol, y a ustedes, los otros habitantes del cielo, porque antes de morir veo en mi reino y bajo estos techos a Publio Cornelio Escipión, por cuyo nombre encuentro gran placer; y por el cual nunca se aleja de mí el recuerdo de este hombre perfecto e invicto".

miércoles, 8 de abril de 2009

Panegyricus ad Tobacco

Una tarde adquirió extraña costumbre:  la de fumar mientras caminaba por cualquier lado. Pensó, recuerdo, que para un médico, para una persona con una pizca de sentido común, el hecho sería fuente de ironías, de sorna, de fiesta carnavalesca.

Pero no le importaba. La sensación era sublime, mientras se dirigía hacia lugares nuevos con mil ideas en la mente, con una vivacidad estimulante, con la sensación de haber escapado por un momento de sí mismo, de su mortal cuerpo, como si otro pensase por él y viviese a través de él.

En esos momentos había claridad, y la vida y sus complicaciones se hacían simples, vanas, supérfluas. Los senderos se volvían rectos, las colinas se allanaban, las tormentas se convertían en un océano de tranquilidad. La solución a cualquier problema era entonces evidente. Había la potencia de enorme creatividad en el simple acto de llevar un manojo de hebras a sus labios.

Pensó con melancólica sorpresa en las veces que había tomado en sus manos un libro de poesías persas, sin comprender las complejas sutilezas de los versos apologéticos sobre el vino, el hachiz, o las volubles curvas de una hermosa mujer.

Ahora comprendía mejor: se había vuelto un colega: se había vuelto un disoluto epicúreo. Era decadente por un breve instante.

El humo ingresaba en los pulmones, y desde allí iba hasta su mente. Las neuronas, estimuladas por el químico, vibraban a su contacto. Había en este acto algo de Dios, y también un tanto del Diablo.

Mientras acariciaba estas ideas entendió de pronto, un poco mejor, las experiencias religiosas: el rapto místico, la fusión con la naturaleza, la armonía de los dos mundos, el externo y el interno, y pensó en cuán tonto, burgués y limitado aquél que con temor supersticioso rechazaba el uso de los estimulantes y drogas. Gracias a éstos, no sólo podía uno escapar de uno mismo, sino también objetivarse mejor, comprender los propios miedos y frustraciones, deseos y valores, como si los mirase a través de un cristal, o desde lejos. Salir era, también, adentrarse en la espesura de uno mismo.

Un poco de esa divina locura era necesaria en la vida concluyó en ese momento: una bocanada de alienación que hiciese amena la rutina, que agregase otros colores a la pintura de nuestra existencia.

Se perdió a lo lejos, al doblar en una esquina cualquiera, y desde entonces no he vuelto a verlo, aunque todavía llevo su recuerdo en mi memoria.