martes, 14 de octubre de 2008

Can one day change your life, by Tom Geiger


verse I
Life it seems so cruel
can’t believe that I lose
all my face and my cool
and my faith and my cool
life it seems so strange
can’t believe we behave
just like adam and eve
just like liars and thieves
chorus
And I found it hard to find
A day got left behind
I would trade it for a smile
Can one day change your life
Can one change your life
verse II
Life it seems so cold
Can’t believe we get old
hope I die before I
get ugly and old
life it seems so strange
can’t believe we behave
just like adam and eve
just like liars and thieves
chorus
And I found it hard to find
A day got left behind
I would trade it for a smile
Can one day change your life
Can one day change
Verse III
love it comes only once
when its right
throw the first punch
La La La La La La

lunes, 13 de octubre de 2008

Nacho's 678th Dream

Estaba escuchando el tema de Dylan, y me acordé de pronto de dos sueños recurrentes que tengo desde los 10 u 11 años.

El primero: estoy parado frente a una abertura hecha en una construcción de piedra y arcilla roja. Me veo a mí mismo desde arriba, y por lo tanto, ¿quién soy yo? Pero sí, yo soy aquel que contemplo y no el aire mirándome vacío desde arriba. Mi rostro está muy tostado por el sol, y lo poco que de él se ve, es de rasgos muy bellos. El resto está cubierto por un espeso, negro, y enrulado cabello. La larga barba que llega hasta la cintura, está atada con un anillo de oro a la altura de la garganta, y me da un aire de elegancia y distinción. Tengo puestas ropas de color rojo claro,  un cinturón turqueza con un signo dorado en el centro, y unas sandalias de cuero. Estoy en una galería en penumbras, en donde dos o tres personas más pasean y charlan, todos ataviados de manera semejante a mí, aunque combinando distintos colores. A través de la abertura, que se extiende unos 15 o 20 metros, a lo largo de la parte derecha de un pasillo de proporciones reducidas, se ven los rayos del Sol, y hacia abajo, un río serpenteando entre construcciones de color marrón. Sin embargo, una cantidad considerable de hojas, helechos, plantas trepadoras, cubren desde arriba la parte exterior de la abertura (que debe tener unos 2 metros de ancho) y dificultan la visión del exterior. Todo el sueño no dura más que un instante, que es sin embargo suficiente para permitir la conciencia de todos estos elementos, la visión, la sensación de las ropas de lana.

El segundo: subo por una escalera de caracol. Los escalones son de piedra dura, aunque muy gastada por el uso. Una puertita de madera tachonada con placas de bronce impide mi entrada. La abro sin dificultad. Me encuentro en una habitación circular de dimensiones reducidas. El techo es abovedado, y hay 8 grandes ventanas sin vidrio, cuya parte superior está arqueada. Dentro, en varios muebles, hay distribuidos muchos elementos de observación astronómica, libros, una silla tosca de madera con respaldo. Pero lo que me interesa es que el Sol se va, y empiezan a aparecer las estrellas. Abajo se ve, hermosísima, una ciudad de estilo bizantino, y se oye el arrullo de las palomas y el sonido de los cascos de caballo.

10 ingredientes para la preparación de la felicidad

1º La lectura de Tito Livio.

2º Las charlas Saganianas con Seba.

3º Mis Tíos.

4º El arranque de Be Here Now o The Bends o The Joshua Tree.

5º La neurosis de Woody Allen.

6º El cielo nocturno.

7º Guerra de música con mi hermano (Un tema y un tema, la mejor música gana el espacio...como siempre no podemos definir cual es la mejor música, pero los argumentos son divertidos).

8º Debates filosóficos con el Árabe.

9º La experiencia irremplazable del cine.

10º Louis Prima.

martes, 7 de octubre de 2008

No te aguanto, de Fernando Peña

Caminando por cualquier calle de la ciudad, uno puede darse cuenta de que nadie se mira a los ojos y si por alguna casualidad nos encontramos por una milésima de segundo con otros ojos que nos apuntan, acto seguido, una de las dos personas, o las dos, bajan la mirada inmediatamente. Cuando nos llevan por delante o nos empujan suavemente, el pedido de disculpas es balbuceado y en voz baja; es casi imperceptible, casi ni se escucha. Quien te empuja sin querer te pasa por al lado y se le escapan, se le caen literalmente de la boca, sonidos inentendibles que reproducen un tímido y poco sentido pedido de disculpas. Ni hablar de la tensión que produce estar con gente desconocida en un ascensor. Ahí entran en juego varias situaciones embarazosas; por ejemplo, el tener que pedir que te aprieten el botón de un piso, saludar a todos o correr hacia el ascensor pidiendo que aguanten las puertas abiertas porque estás llegando tarde. Todo eso nos llena de vergüenza, aparecen las inhibiciones y los complejos. También están las miradas, los empujones y los roces. El contacto físico con el otro, la apoyada, el hombro a hombro, las tetas de una mujer en la espalda, las tosecitas nerviosas, el aliento y sentir la respiración de los demás en la nuca hacen que ir de una planta baja a un piso doce sea más incómodo que sentarse en una silla con clavos. El viaje se hace eterno y enmudecemos. Hasta cuando le tenemos que decir algo a alguien que está con nosotros lo hacemos en voz baja y con pudor. 
El cruce en los cajeros automáticos es también una situación bastante incómoda, abrir la puerta y sostenerla para que el que está afuera pase y que a veces ni siquiera dé un gracias dicho claramente. Otra vez el sonido inentendible y fugaz, el buñuelo de palabras, el gruñido. Nos comportamos como si fuéramos animalitos que croan o graznan. En las casas de pastas, los domingos al mediodía, también se demuestran nuestra falta de destreza, nuestra torpeza y la gélida indiferencia. Detrás del mostrador, los empleados gritan los números y otra vez la gente con un hilito de voz, a veces intentando que el número llegue a las manos del empleado para no tener que decir simplemente la palabra "yo" cuando cantan 52. A veces entra alguien que no sabe que hay que sacar número y nadie es capaz de avisarle, como si nos pusiera contentos que entren cuatro o cinco personas detrás de él, saquen número y lo dejen pagando. Ahí el gozo es en silencio, el pobre hombre no percibe que seguramente hay dos o tres personas riéndose por dentro. De auto a auto también nos pasa. Por eso, a veces, es mucho más cómodo viajar en autos con vidrios polarizados. Se me ocurre que muchos oscurecen los vidrios del auto no por una cuestión de seguridad ni por el sol sino para guardar privacidad, para evitar que el otro vea, espíe.
Cuando vamos en auto también hay muestras de poca solidaridad y ganas de joder al otro, el clásico ejemplo es el que no se corre de la izquierda cuando le hacemos luces. Disfruta, se regocija y no se corre, cuando a veces el motivo de nuestro apuro puede ser importante. 
El asco y el rechazo que nos estamos teniendo es totalmente palpable. Estamos hartos de nosotros mismos, de la forma humana. Es claro que preferimos otras criaturas vivientes, y se nota cuando de pronto aparece un perro vistoso. En seguida, alguien se nos acerca simpáticamente, lo acaricia, le habla, como queriendo establecer un diálogo con el perro pero no con nosotros. "¿Y vos cómo te llamás, che?", le preguntan al perro, y al no recibir respuesta, ya que el dueño también está deseando que el perro hable, repregunta: "¿Cómo se llama?"; y de pronto ése es el comienzo de un diálogo corto y tibio en la plaza, un diálogo que el dueño del perro ansía que termine cuanto antes. 
Siempre buscamos playas vacías y pocos son capaces de compartir una mesa en McDonald's cuando está lleno. En el cine, dos parejas dejan una butaca vacía entre las dos y rezan en silencio para que deje de entrar gente así pueden guardar esa distancia protectora. El tío de un amigo se compraba dos pasajes para no compartir asiento en los ómnibus de larga distancia, y no debe ser la excepción. En todo momento se ve que si podemos evitar al otro, es mejor. Cuando voy al teatro y noto que se viene el intervalo, ya me voy parando, veo los últimos minutos de pie desde el fondo junto al acomodador, cerquita de la cortina de terciopelo, y cuando empieza a cerrarse el telón corro al baño para ser el primero, estar solo y hacer pis tranquilo. Así y todo elijo un compartimiento y no un mingitorio y tampoco debo ser la excepción. Cuando ocupan la mesa de al lado en los restoranes también es molesto y es casi una proeza compartir un taxi. Hablando de taxis, me encantan los de Montevideo, tienen una mampara que separa al pasajero del taxista y evita la charla pasatista y hastiante. 
El rechazo, las ganas de no cruzarnos, la intolerancia y la incomodidad de compartir espacios y situaciones con el otro se van haciendo más fuertes a medida que crecemos. Los chicos no padecen este mal. Es común verlos parlotear y hostigar con preguntas de todo tipo a los adultos. Nos pasa cada tanto que dos chiquitos en el auto de adelante nos saluden y se rían con frescura y espontaneidad. ¿Por qué perdemos esa simpatía con el otro? ¿La perdemos o incorporamos la intolerancia? 
Creo que se trata de una falta de educación. No hablo de una educación de buenos modales y buenas costumbres, hablo de educar la actitud, la predisposición. Es necesario prepararnos para interactuar con el otro, notarlo, mirarlo, incorporarlo. Tampoco estoy hablando de la buena onda al divino botón ni de una actitud religiosa, hablo de reeducar las conductas cotidianas, nuestras expresiones corporales y los parlamentos. Hablo de desinhibirnos, cada uno dentro de nuestras posibilidades. Hablo de salirnos de nosotros. 
El entrenamiento teatral ayuda mucho. Es raro que un actor camine encorvado como tratando de esconderse en su propio cuerpo o hable en voz baja. Tenemos aprendido un manejo de nuestro cuerpo, al que llamamos instrumento, cuando hablamos lo hacemos claro y alto, cuando miramos lo hacemos profundamente y cuando nos toca interactuar con extraños, por lo general, nos cuesta menos. 
Salgan de sus casas como si salieran de un camarín. No pretendo que sonrían y saluden a todo el mundo, pero caminen erguidos, registren lo que dicen y cómo lo dicen, miren al otro y exhíbanse ante la multitud. Cuando deban enfrentarse con el prójimo, ya sea a solas o ante varias personas, procuren ser amables y simpáticos utilizando la falsedad que no se nota que tenemos los actores. Háganle creer al otro que por lo menos lo toleran y lo tienen en cuenta. Se trata de códigos y conductas histriónicas que aceitarían un poco esta apatía necia y seca que estamos viviendo.

Smile!


Encontré esto en Taringa.



De vuelta a las raíces

Hay temas que te devuelven a tiempos que se fueron. Algo parecido pasa con ciertos olores, o con la contemplación de algunos paisajes. Be Here Now (1997), de Oasis, fue el primer disco que compré por iniciativa propia, y fue mi introducción a la música inglesa. Cada vez que suena "D'You Know What I Mean", el primer tema del disco, no puedo evitar acordarme de muchas cosas de esa época.
Las críticas luego lo hicieron mierda, pero yo sigo encontrando que es mi disco favorito, quizás porque como suele pasar con muchas otras cosas, fue el primero que tuve.
"Magic Pie", el tercer tema, es el que más me gusta, y lo canta Noel, el humilde hermano mayor Gallagher.
Esta versión está grabada en Earls Court, uno de los escenarios de interior más grandes del Reino Unido, y el solo sigue sonando, como dirían los españoles, "de puta madre".


lunes, 6 de octubre de 2008

Tarea de reciclado

El viernes pasado tuve la primer reunión de consorcio del edificio. Queda tan sólo un departamento por vender de los 36 existentes, y la administradora decidió que era hora de convocar la reunión, así que unos 20 propietarios acudimos al llamado.
Desde hacía un tiempo una idea venía rondando mi mente, y era la siguiente: agregar tachos adicionales en cada piso, para realizar una separación de residuos que facilitase la tarea de los cartoneros y que además colaborase así con el reciclado de la ciudad.
Son temas que me preocupan un poco el del calentamiento global, y el de los efectos del hombre y sus residuos en el planeta. Así que decidí lanzar mi audaz propuesta ni bien se tratase el tema de los residuos.
En realidad esperaba sonrisas cómplices por parte de mis vecinos, quienes seguramente se contentarían con elogiar mi bondad con nuestra Madre Tierra, y se limitarían a pedirme muy amablemente que me dejara de hinchar las pelotas.
Pero, por el contrario, la sugerencia fue recibida calurosamente por este improvisado senado de propietarios, los cuales no sólo se entusiasmaron con la propuesta, sino que me pidieron que hiciese circular un instructivo para explicar en detalle el asunto, y aprender a separar los residuos.
Así que ahora estoy terminando el archivo, y voy a imprimirlo y hacer copias para poner mi grano de arena en la monumental tarea de levantar este castillo que nuestra generación debe construir.
No estoy muy seguro de la eficiencia del proyecto, tal como están las cosas en la ciudad. El gobierno, según Greenpeace, no está haciendo nada por llevar a cabo las propuestas del proyecto Basura Cero, y al llamar a la Secretaría de Medio Ambiente para pedir un contenedor, me lo han denegado, diciendo que temporalmente no se están instalando más.
Sin embargo, creo que es bueno que aprendamos a separar los elementos que pueden ser reutilizados de los que no, práctica que acaso se vea premiada el día en que una administración responsable y concienzuda tome las riendas de la ciudad.

jueves, 2 de octubre de 2008

Amistad y amor

Mi ex se quejó amargamente en un par de ocasiones, durante y después de terminar nuestra relación, de mi incapacidad para desarrollar y comprender los valores y las nobles conveniencias de la amistad.
Estos lamentos me produjeron algunas mortificaciones, no tanto por la verdad que en ellos se encerraba (yo tenía y sigo teniendo amigos), sino porque sentía que la estaba condenando injustamente cuando le hacía saber mi disconformidad con respecto al hecho de que ella mantuviera un contacto fluido con su ex novio (una vez hasta sugirió ir a cenar con él), o que saliera con 15 o 20 amigos varones.
Con sincero arrepentimiento, luego pedía yo perdón, porque es cierto que nada malo estaba haciendo. En resumen, era un problema mío, si mi degradada autoestima me llevaba a imaginar posibles escenarios en los cuales mi pareja me engañaba (o deseaba hacerlo tan solo) con alguno de sus amigos.
Pero hace unos días me enteré que estaba de novia con uno de los que hasta entonces había sido uno de sus mejores amigos. Al parecer, un viaje que realizaron juntos los había acercado tanto, que no pudieron resistir la tentación de sumar al más excelso amor (el de la clara y pura amistad), aquel contacto físico que lo transforma y corrompe.
Me quedé pensando en el hecho, sintiendo tristeza y decepción. En primer lugar por mi tonta y necia incredulidad. En segundo, por haber derrochado mi confianza en alguien tan indigno e incoherente. En tercero, por no haber escuchado mi propio juicio, que no era errado. En cuarto, por haber dejado que esta misma persona, tan celosa y defensora de los sagrados votos de la amistad, se enojara injustamente conmigo cuando me acercaba a compañeras de facultad o cualquier mujer con el objeto de entablar una amistad.
Si se me permite la disgresión, quiero decir que personalmente no creo en la amistad entre el hombre y la mujer. Las experiencias personales (y sumo a éstas este caso particular), me enseñaron que cualquier relación de verdadera amistad, es decir, cuando hay una relación intensa, seria, lleva irremediablemente a la atracción emocional e intelectual, y luego física.
Esto, que yo creía saber, fue dejado de lado, porque estaba asombrado de encontrar una persona tan fiel a sus amistades y que tuviese a éste vínculo en tal estima, que dejase de lado con desdeñosa indiferencia cualquier noción de género, edad, etnia y diferencia social. Entonces, para no caer en el pecado de soberbia, y trastocar un simple juicio personal por la verdad, me reproché internamente mis prejuicios y pedí perdón por haber cuestionado la buena voluntad de mi compañera.
Ahora siento que en poco tiempo, un puñado de días tan solo, crecí muchos años. Cuando miro a las personas, ya no puedo verlas en blanco y negro, como solía hacerlo: intento descubrir en ellas esas tonalidades grises que se esconden detrás de las bipolares palabras, para aparecer con toda fuerza en sus hechos y en sus acciones.

"Te amo, y mi amor no tiene motivos", me dijeron.
Yo entonces digo: nadie ama sin motivos. Amamos en nuestros amigos y en nuestra pareja las virtudes (cualquiera sean estas); amamos su rostro, sus gestos, su compañía, hasta sus hábitos; pero, no amamos el vacío que en todos se esconde: tan sólo le tememos.

"Vos nunca entendiste la importancia que la amistad tiene para mí", agregaron.
Sí la entendí. Y nunca intenté alejar a mi pareja de ella. Tan sólo quise purgarla de los elevados ideales tan difíciles de alcanzar para un simple mortal: la quise hacer terrestre y adaptarla al mundo. Un mundo en donde el deseo, como dice Jorge Drexler, sigue un curso paralelo.

Este tipo de amistad celeste queda como un noble monumento para la oratoria y para el verbo, pero se deshace al caer en la realidad de las acciones, como una roca se convierte en polvo después de pasar por el calor abrasador a que la atmósfera lo somete.

"Sos una buena persona", consolé. "No, no lo soy", tuviste el coraje de admitir.
Creo que yo también confundí y erré mi juicio. Al fin de cuentas, errare humanum est, y aunque no me guste mucho admitirlo, cometí tantos desaciertos que de ningún modo soy mejor que aquellos a quienes juzgo. Tan sólo puedo narrar la profunda tristeza que me invade cuando no puedo volver a creer en las personas, y confiar en sus palabras al mirarlas a los ojos. En definitiva, mi consuelo es, y acuerdo con Morrisey, que

Time will prove everything...