viernes, 4 de mayo de 2007

Del azul más profundo

Durante mucho tiempo sólo fui oscuridad flotando en la nada. Durante mucho tiempo sólo fui olvido y recuerdo de algo que ya pasó. Tal vez era una luz, un pequeño chispazo que brillaba tan intensamente como lo harían mis amigas las estrellas. Quizás era una tenue luz encerrada en una infinita oscuridad. Pero mi desconsuelo no iba más allá porque en un segundo todo cambió y una nueva sensación se apoderó de mí. Una extraña y etérea sensación de libertad explotó y fui libre por primera vez. Entonces supe que todo finalmente cambiaría en mí.

Fue en ese lapso que el tiempo rodó por la escalera del universo y comencé a danzar el baile de la vida, a girar por lo que ya era la no nada. Podía tocar a mi alrededor aquellas cosas que al principio me parecieron tan extrañas como confusas, y poco a poco me fui dando cuenta que eran mis semejantes, mis dulces hermanos de la vida.

Pasaron eones y eones hasta que un día sentí algo que era inexpresable, algo que se volvía y envolvía como una forma sin forma, que me tocaba hasta hacerme vibrar con él. A ese nuevo amigo lo llamé Sonido. Al poco tiempo mi ansiedad creció y avancé poco a poco por la oscuridad suave del espacio. Mi cuerpo fue creciendo y dejándose ir hasta que de repente sentí una nueva compañera que brillando en la noche de los tiempos me saludó. A esa nueva amiga la llamé Luz.

Y así, junto a todas las cosas de la creación, fuimos creciendo hasta que la nada se llenó completamente y al fin nos separamos para siempre. Como la brisa de un infinito mar la luz me dejó caer suavemente de los cielos, y en ese lugar de fuego y soledad, en ese lugar de luz y pasión crecí sintiendo que algo en mi estaba por nacer, observando el profundo azul de los cielos que me conmovía, y fué en ese sagrado instante que de mi ser brotaron largas lágrimas de sereno amor.

Entones corrí por esa nueva tierra formada, corrí hasta ser río y luego mar, hasta ser nube y luego lluvia. Corrí amando a cada roca, a cada átomo, a cada esencia que de la tierra emergía. Y nos amamos hasta que ella estuvo en mí y yo estuve en ella. Nos amamos hasta que la luz rasgó el velo de nuestro profundo amor y comprendí la importancia de esa unión.

Entendí que de esa sagrada unión nacerían divinos seres, majestuosas criaturas llenas de vida y de fuerza. Me sentí importante y la alegría manaba de mi ser en largos y bellísimos manantiales.

Fue una noche mientras la luna se hamacaba en el cielo, que mis amados hijos aparecieron lentamente, tímidamente se recostaron sobre mis brazos y bebieron sobre mis lágrimas de felicidad infinita. Yo que había visto la profunda nada, yo que había visto el nacimiento del sol y de la luna, después de haber estado con los seres más extraños y luminosos que alguien haya visto, yo que descubrí el hermoso crepúsculo violeta y añil de los primeros años, yo que amé y lloré al pie de los astros dorados y volví a llorar al caer a mi profundo azul de fuego y soledad. Todo eso era nada comparado a lo que sentía por mis bellos y amados hijos.

Y así crecieron esas fuertes criaturas bebiendo de mi cuerpo mientras los eones de años danzaban en el viento como viejos remolinos de aire y la felicidad endulzaba la tierra por doquier. Fue en esos tiempos que los primeros hombres aparecieron y descubrieron mi presencia, entonces fui amado por ellos. Besé tanto a reyes como a princesas, a valientes soldados como a malignos criminales, a jóvenes como a viejos. Fui más que sus reyes y sus jueces pero de repente algo cambió.

Un día mis hijos se olvidaron de mí. Fue allí cuando me di cuenta de mi gran importancia y de mi escasa y relativa importancia, entonces ya nada fue igual. Sé que veré estrellas prenderse y apagarse en la noche de los tiempos, sé que volveré a amar una y otra vez, sé que mi existencia se producirá en un abrir y cerrar de ojos, sé que mis amigos volverán una y otra vez, pero sé que nada será como la primera vez.

Los cielos bajan y suben, las estrellas se prenden y se apagan, los hombres nacen y mueren. Yo que fui gota y mar, yo que fui lluvia y sueño, yo que fui nada y soy, yo descubrí algo que muere y nace, algo que brilla y se apaga, algo que es y no es, algo que es tan importante como los Dioses y tan insignificante como una gota de agua, algo que cada ser debe descubrir, que debe dar forma. Durante mucho tiempo sólo fui oscuridad flotando en la nada, fui una promesa en el viento, una luz sin luz, una gota sin agua. Fui lo que soy y soy esa promesa de amor que cada ser guarda en su corazón. Eso seré eternamente.

Escrito por Ho2 y el Romano.

La angustia de lo inalcanzable

Juan es empleado público. Desde hace 12 años se levanta todos los días a las 8:15, pone la pava en el fuego, se toma dos amargos, sacude los pelos de su pantalón azul oscuro, plancha su camisa marca Polo, comprada por 15 pesos en Retiro, y se va a trabajar.
Desde hace unos meses lo aqueja una angustia insoportable. De repente se dio cuenta que la muerte lo vigilaba. Fue casi un golpe, una revelación: abrupta e inmisericordiosa, lo golpeó de lleno una tarde cuando volvía a su casa. El 102 casi se lo lleva puesto en una esquina, y su corazón, viejo después de 57 primaveras, no resistió la descarga de adrenalina y cesó de trabajar.
Roco, su perro, lo espera en su casa todos los días a la misma hora. El animal desarrolló un hábito singular que consiste en echarse en el suelo a las 18:27, dos minutos antes de que se escuchen inevitables los cansinos pasos de su dueño. Roco es mezcla de ovejero alemán y perro callejero, siendo su primer mitad motivo de gran orgullo para Juan, ya que, como él dice: "Los ovejeros alemanes son los perros más vivos". Roco no come alimento balanceado. Juan lo alimenta con los restos de su comida, y eventualmente, le cocina un guiso con carne.
Gabriela estudia y trabaja. Vive, como otros tantos porteños, en el caos de cemento y luces que es esta ciudad. Se despierta muy temprano a la mañana porque el supervisor del call center está necesitado de plata y les exigió que viniesen más temprano o "se buscasen otro laburo". Gabriela es infeliz. Al salir de ese antro que llama oficina, dirige sus pasos mecánicamente hasta la facultad de Derecho. Sube el puente pensando en las perfecciones lejanas e imposibles de su mente, y escucha durante 4 horas una recitación indolente dirigida por un abogado retirado. Vuelve a su casa, llama a su novio, se pelean por teléfono, y se acuesta a dormir abrumada por los pensamientos negativos y el agotamiento físico.
Vivimos en un mundo de bienes escasos. Al menos en esto estoy de acuerdo con los liberales. Aunque logremos desasirnos de los diversos yugos e ismos, capitalismo, socialismo, comunismo, el alma humana, o cualquier otra variante de eso que llamamos conciencia, seguirá debatiéndose en frenética lucha con las perfecciones inalcanzables de la mente.
Somos, en esencia, seres dotados de una razón capaz de imaginar las delicias más paradisíacas, y a la vez incapaces de alcanzarlas todas ellas. El pobre llora porque le falta la comida y los hijos no pueden ser educados correctamente, el rico llora porque hay más ricos que él y porque no duerme tranquilo sabiendo la tremenda cantidad de dolor y confusión que genera al explotar a los cincuenta bolivianos que trabajan para él en Caballito.
Pareciera que una divinidad caprichosa y voluble estuviese jugando con nosotros, haciéndonos caer para volver a levantarnos en medio de un fango doloroso y gris. ¿En dónde está la vida, la alegría, la felicidad? Si incluso en condiciones de relativa estabilidad, hasta los más sabios entre los humanos se buscan problemas, conflictos. Ese cerebro, esa mente que está ahí para aprehender la realidad, para jugar con los problemas, al no encontrarlos, se los crea.
Tal vez todo sea tan sólo una excusa. Tal vez, realmente sólo queramos quejarnos de algo, porque sabemos que, en realidad, los verdaderos sufrimientos son los de morir de hambre, ser asesinados y violados, o peor, ver a aquellos que amamos, sufrir dichas desgracias.
Aun así, no puedo evitar desconfiar de un Dios. No hay tal divinidad. Ya no es necesaria para explicar todas las desgracias. El universo es un lugar mecánico y frío, pero el ser humano tiene la posibilidad de evadirse de él, cada vez más. Cada vez desarrollamos tecnología más absorbente. Y ni siquiera necesitamos la última computadora para eso. Los libros, para aquellos que desarrollamos el indeciblemente maravilloso arte de la lectura, son capaces de transportarnos hacia lugares que nuestros ojos no pueden.
Juan llega a su casa y, contrario a lo planeado, enciende un cigarrillo, se saca cómodamente los zapatos, pone música y se sienta con un ejemplar de "Los hermanos Karamazov" en el regazo. Disfruta enormemente contemplar la delicada tapa de cuero y el tan particular olor del papel recién impreso. Pasa una de sus mejores noches, viajando hacia la Rusia zarista, hacia la angustia existencial y cristiana de Dostoievski. Roco, a su lado devora los últimos huesos de asado que le trajo su dueño.
Gabriela, se despierta, y llora quince minutos. Reflexiona, llama a su madre, se emociona, le cuenta sus angustias, sus planes, y le confiesa que va a renunciar a su trabajo. Su madre la entiende, le ofrece su ayuda. Gabriela agradece interiormente. Prende su computadora, se siente melancólica. Mira por su ventana, y aunque el paisaje no le gusta, el leve resplandor de su pc portátil ilumina su cara, por la cual cae una lágrima de paz y de felicidad.

jueves, 26 de abril de 2007

El sabio y el bardo

Jiddu Krishnamurti
Hay un árbol junto al río, y hemos estado observándolo día tras día durante algunas semanas, cuando el Sol está a punto de asomarse. A medida que el Sol se levanta lentamente sobre el horizonte, por encima de los árboles, este árbol particular se torna súbitamente de oro. Todas las hojas se ven radiantes de vida, y cuando uno contempla ese árbol mientras las horas pasan -no importa el nombre del árbol, lo que importa es su belleza-, una cualidad extraordinaria parece extenderse sobre toda la Tierra, sobre el río. Y cuando el Sol asciende un poco más, las hojas comienzan a aletear, a danzar. Y cada hora que pasa parece conferir a ese árbol una cualidad diferente. Antes de salir el Sol, se lo ve melancólico, sosegado, muy distante y pleno de dignidad. Y al comenzar el día, las hojas cubiertas de luz danzan y le dan al árbol ese peculiar sentido que uno tiene de inmensa belleza. A mediodía, su sombra se ha hecho más profunda, y uno puede sentarse ahí protegido del Sol, sin sentirse jamás solo con el árbol como compañero. Mientras uno permanece ahí, existe una relación de profunda y perdurable seguridad y una libertad que únicamente los árboles pueden conocer.
Hacia el anochecer, cuando el cielo occidental se ilumina con el Sol poniente, el árbol se vuelve poco a poco sombrío, oscuro, y se cierra sobre sí mismo. El cielo se ha tornado rojo, amarillo y verde, pero el árbol permanece quieto, oculto, y descansa durante la noche.
Si uno establece una relación con el árbol, está relacionado con toda la humanidad. Uno es responsable, entonces, por ese árbol y por los árboles del mundo. Pero si uno no se relaciona con las cosas vivientes de esta Tierra, pueder perder toda relación con la humanidad, con los seres humanos. Nosotros nunca observamos profundamente la cualidad de un árbol; nunca lo tocamos realmente, sintiendo su solidez, se áspera corteza, ni escuchamos el sonido que forma parte del árbol. No el sonido del viento entre las hojas, ni el de la brisa que en la mañana agita el follaje, sino el sonido propio del árbol, el sonido del troncol y el silencioso sonido de las raíces. Uno tiene que ser extraordinariamente sensible para escuchar el sonido. Este sonido no es el ruido del mundo, ni el ruido del parloteo mental, ni el de la vulgaridad de las disputas humanas y del conflicto humano, sino el sonido como parte del universo.
Es extraño que tengamos tan poca relación con la naturaleza, con los insectos, con la rana saltarina, con el búho que ulula entre los cerros llamando a su pareja. Parece que nunca experimentamos sentimiento alguno por todas las cosas vivientes de la Tierra. Si pudiéramos establecer una profunda y duradera relación con la naturaleza, jamás mataríamos un animal para satisfacer nuestro apetito, jamás haríamos daño a un mono, a un perro a un conejillo de Indias practicando en ellos la vivisección para nuestro propio beneficio. Encontraríamos otros medios para curar nuestras heridas, nuestros cuerpos. Pero la curación de la mente es algo por completo distinto. Esa curación tiene lugar gradualmente si uno está con la naturaleza, con esa naranja en el árbol, con la brizna de hierba que empuja a través del cemento, con los cerros cubiertos, ocultos por las nubes.
Esto no es sentimentalismo ni imaginación romántica, sino la realidad de una relación con todo cuanto vive y se mueve sobre la Tierra. El hombre ha matado millones de ballenas y aún las sigue matando. Todo lo que obtenemos de esa matanza podríamos obtenerlo por otros medios. Pero, al parecer, el hombre gusta de matar cosas; mata al ciervo veloz, a la maravillosa gacela y al gran elefante. Nos gusta matarnos los unos a los otros. Este matar a otros seres humanos jamás ha cesado a lo largo de toda la historia del hombre sobre la Tierra. Si pudiéramos -y tenemos que hacerlo- establecer una profunda y perdurable relación con la naturaleza, con los árboles, los arbustos, las flores, la hierba y las rápidas nubes, jamás mataríamos a otro ser humano por ninguna razón. La guerra es el asesinato organizado, y aunque nos manifestemos contra una guerra en particular -la guerra nuclear o cualquier otro tipo de guerra-, jamás nos hemos manifestado contra la guerra en sí. Jamás hemos dicho que matar a otro ser humano es el más grande pecado de la Tierra.
Tomado de El último Diario (I), en Libertad Total.
Jorge Drexler
Vale
Una vida lo que un sol
Una vida lo que un sol
Vale
Se aprende en la cuna,
se aprende en la cama,
se aprende en la puerta de un hospital.
Se aprende de golpe,
se aprende de a poco y a veces se aprende recién al final
Toda la gloria es nada
Toda vida es sagrada
Una estrellita de nada
en la periferia
de una galaxia menor.
Una, entre tantos millones
y un grano de polvo girando a su alrededor
No dejaremos huella,
sólo polvo de estrellas.
Vale
Una vida lo que un sol
Una vida lo que un sol
Vale
Se aprende en la escuela,
se olvida en la guerra,
un hijo te vuelve a enseñar.
Está en el espejo,
está en las trincheras,
parece que nadie parece notar
Toda victoria es nada
Toda vida es sagrada
Un enjambre de moléculas
puestas de acuerdo
de forma provisional.
Un animal prodigioso
con la delirante obsesión de querer perdurar.
No dejaremos huella,
sólo polvo de estrellas.

Un año

Un año de...

corridas,
caminatas,
risas,
besos,
cenas,
salidas,
esperas bajo la lluvia,
caramelos,
noches mágicas,
anhelos,
deseos compartidos,
sueños,

pero también, un año de...

tristezas,
decepciones,
frustraciones,
desencantos,
angustias,
celos,

¡todo tan trágicamente humano, y a la vez tan divinamente celestial!

Un año de Amor, del más bello Amor que alguna vez tuve. Gracias por este año, Vida.

lunes, 23 de abril de 2007

Otro sueño muy raro

Es de noche y estoy en un casino. Las máquinas tragamonedas se encuentran dispuestas en una larga hilera ante mí. Como necesito dinero y en mi ensoñación son estas máquinas las que podrían proporcionármelo en abundancia, comienzo a jugar con monedas de 50 centavos.
Aunque logro ganar unas pocas, las pierdo nuevamente. El ciclo se repite unas cuantas veces. Aparece Gustavo con su novia, quienes están inusualmente cordiales y agradables. Intercambiamos elogios y deseos favorables, y sin embargo, mi suerte no mejora. Desesperado, me levanto del asiento y me voy a recorrer el resto del establecimiento.
No parece haber nada. A primera vista, el casino parecía cuidado y nuevo: ahora me doy cuenta que hay rajaduras en el techo, paredes a medio pintar. Todo tiene un aire derrumbe y falta de manutención. Otro dato alarmante: el casino se encuentra, de repente, medio vacío, tanto de personas como de juegos.
Me dirijo hacia la salida, dos batientes de vidrio con unas gruesas barandas de metal. Lo traspaso, y justo cuando estoy por abandonar el vestíbulo, un guardaespaldas se acerca a ofrecerme acceso a un show privado que va a tener lugar en el salón que se encuentra a mi izquierda, tras una pequeña puertita que no me dice nada. Le digo que sí, que con mucho gusto, sospechando con pesar de lo que trata dicho show.
Primero me conduce, sin embargo, hacia el otro lado, hacia una gran puerta dorada, tras la cual me deja solo, en una especie de camerín. Éste está vacío de humanidad. Un felino de origen tailandés cruza el suelo, y hay ropa de varios estilos tirada por doquier. No faltan los vanidosos espejos y los cosméticos de rojos colores.
Todo tiene un aura particularmente familiar para mí. Pero no puedo reconocer de qué espacio se trata. Asombrado, mis pies se encaminan hacia el espectáculo, dejándome mentalmente todavía en el enigmático camerín.
Dentro, hay un salón de gigantescas proporciones con una amplia tarima en una de las esquinas. Allí una bailarina, vedette (¿Veddete?, tengo la duda y la pereza) realiza un show erótico. Me escabullo hacia el rincón más alejado, luego de que el guardaespaldas me señale uná vaguísima "Mesa 60". Al llegar me acuesto sobre dos sillas, mas me doy cuenta de que todavía hay un café humeante y algunos cigarros de origen caribeño. Silenciosa y tímidamente me dirijo hacia una pequeña mesita ubicada aún más al fondo.
Al llegar, sin embargo, siento que ella siente mi presencia. Hay algo que nos conecta. Para mi sorpresa el show finaliza. Ahora la bailarina toma el micrófono fijo, y comienza a hablar. Se trata de una sátira muy bien ensayada, dirigida contra su público. La bailarina tiene, sorprendentemente, un sentido corporativo muy fuerte. Habla con orgullo de su gremio, y con desprecio de su corrompido público. Por alguna razón, sé que estudia, que es una intelectual que no consigue ganar el suficiente dinero para vivir: me lo dice su vocabulario, su fina ironía.
Empieza a desarrollar una mordaz crítica que incluye nombres y dedos acusadores. El ambiente se torna hostil, luego raro, luego surrealista. De repente me doy cuenta que me nombra, me nombra como ejemplo de pureza y bondad. Me sonrojo y avergüenzo, porque reconozco mis inmundicias, mis podredumbres internas, todo aquello de lo que nos arrepentimos en el lecho (si es que tenemos suerte) o en la tierra, al morir.
También me doy cuenta de que esto está sucediendo en otro espacio y en otro tiempo. Al cruzar el portal, que al igual que los dos caminos de la Biblia, era el más tosco y estrecho, crucé algo más que un impedimento físico: estamos en un salón en otro lugar del Globo, en un tiempo quizás muy remoto, aunque podría ser 1500. Nada me dice tal cosa, porque los atuendos, los productos, todo tiene el distintivo sello del siglo XIX; es arbitrario, como todo lo demás en mi sueño.
Siento, siento que tengo que decírselo a ella, a ella que me comprende, el milagro de la traspolación temporal. Salgo corriendo del salón y entro nuevamente en el camerín. Ahí está ella, jugando con el gatito siamés, y probándose la ropa. Apresuradamente le cuento con entusiasmo mi experiencia, pero no parece interesarle. Los espejos la atraen muchísimo más. La visto lo más decentemente que puedo y la saco casi a rastras del lugar. Pero al trasponer la puerta dorada, nos encontramos en un lugar totalmente desconocido: estamos en un pasillo enrejado, muy estrecho, y cubierto totalmente de hiedras claras. Siento con máxima intensidad la irrealidad y patetismo del momento. Tengo que volver. Vuelvo.
Estoy de vuelta tras el portal dorado. Ahí está ella, pero no es ella, es su doble. Le explico todo de vuelta, y agarra una cámara que tiene un aspecto viejo y anticuado. El polvo se acumula en su primitiva lente. Salimos del cuarto. Entramos en el salón pero se encuentra completamente abandonado. Con un esfuerzo mental nos transportamos a un callejón suburbano. Se podría tratar de Los Ángeles o de Nueva York, aunque no lo sé con seguridad. Hay muchísima gente en la calle, vagabundos que nos miran con curiosidad, como si hubiésemos aparecido por allí de la nada.
Ella saca fotos, fotos y más fotos. Todo pierde sentido. El despertar se aproxima. Me resisto, quiero conocer el significado de tanta secuencia incoherente, pero pierdo fuerzas. El alba está próxima.

sábado, 21 de abril de 2007

Jorge Drexler

En estos próximos días quiero ir a escuchar a Jorge Drexler. Va a estar tocando el 26, 27 y el 30 de este mes.
Una de las razones por las cuales me son tan gratas sus canciones es su optimismo, la esperanza que mana de su voz. Pero esta vez no quiero ir a verlo por estas razones. Su nuevo disco es el fruto de un proceso doloroso, de separación, de rupturas, de oscuridad y bruma.
Desde hace un tiempo que no me siento todo lo bien que debería; quizás querría es una palabra más adecuada en estas circunstancias. Siento que necesito escuchar una voz que cante mis angustias. Esta es, claro está, una razón muy egoísta y egocéntrica, a la vez que una pésima excusa.
Pero, como dice él, la vida es más difícil de lo que parece. Cuando uno se siente más seguro que nunca, cuando cree que tiene todo bajo control, ahí, es precisamente en ese momento cuando tenemos que desconfiar. La vida es más imprevisible de lo que querríamos, podría ser un título alternativo.
A veces me da la impresión que somos hojas caídas, continuamente marchitándose, a la espera de que un fuerte viento nos arrastre por el infinito. Porque si hay algo de lo que estoy cada vez más convencido es que no podemos elegir todo, que dependemos de tantas pequeñas cosas, de tantos pequeños momentos y estados de ánimo que vienen y van, que nuestro verdadero control de lo que llamamos vida es ínfimo.
Espero que sus melodías logren cambiar algo en mi pesimismo innato. Después de todo, si todo empieza y todo tiene un final, hay que pensar que la tristeza también se va, se va,...
se fue.

jueves, 12 de abril de 2007

Lo importante

A veces, al caminar temprano por la mañana, yendo para la facultad, tengo la impresión de que todo va demasiado rápido. Tal vez sólo sea una característica espacio temporal de esta ciudad. Pero no; después dudo. Miro en mi interior y observo esa misma agitación, esa ansiedad no contenida, ese estrés negro y sinsentido, ese paso agitado y nervioso. Supongo que podría echarle la culpa a las pautas culturales o, para ir más lejos, a los procesos históricos que formaron lo que llamamos la civilización occidental.
Pero aun así no me satisface esa explicación. ¿Debo recurrir a la filosofía, a la religión? Quizás no importe después de todo en qué lugar uno nazca o sea educado. Las leyes del karma explican suficientemente bien que si uno vive inconscientemente, las malas acciones del pasado (incluso las cometidas en otra vida), volverán como el golpe de un boomerang a sacudir nuestra efímera paz.
Pero al mismo tiempo, a veces siento esa particular necesidad de que todo suceda. Todo parece transcurrir demasiado lento, como si nada cambiase, como si ese mismo insulto, esa misma mediocridad se perpetuase por siempre en los abismos del tiempo. A veces quiero que todo sea distinto, de poder sorprenderme siendo otro, y no yo mismo: el mismo gesto, el mismo patrón de pensamiento, los mismos deseos, ya grises por el uso diario que de ellos he realizado.
Y entonces se produce ese momento en el cual me doy cuenta de que estoy caminando y que sólo hay un momento presente: el que estoy viviendo. Y que nada de lo que pasó ayer o va a pasar mañana importa. Ese momento, que es quizás una fracción de segundo, es todo el oxígeno que mi mente necesita para saber que hay algo más allá de todo. Tal vez sea un poder de síntesis que todavía no hemos descubierto y que no controlamos más que primitivamente. Pero cuando me siento así de vivo, dudo de todo, de todas las verdades que aprendí desde niño, de todas mis experiencias pasadas, buenas y malas, positivas y negativas, y me acuerdo de tan solo respirar, de respirar profundo, de mirar el cielo azul, de agradecer eternamente y sentirme totalmente vivo.

martes, 10 de abril de 2007

Científico y no científico

Ayer tuve la oportunidad de ver un documental basado en estudios de supuesto origen científico, que postuló unas cuantas conclusiones extravagantes sobre la realidad. Este documental, en formato de película, llamado What the do you know? (¿Y tú que ###### sabes?, en español), pretende demostrar que los conocimientos generados por la física cuántica respaldan la inexistencia de la realidad como una entidad separada de nosotros. Vale decir: nosotros creamos la realidad a través de la idea que tenemos de ella. Esta postura se llama, o está íntimamente ligada, al idealismo. Claro está que sería ridículo pensar que lo de afuera y lo de dentro son por completo diferentes. Pero si eso implica entonces que si confiamos lo suficiente en la posibilidad de caminar sobre las aguas, entonces lo haremos (sic), creo que estamos cometiendo un grave error.

El documental es mostrado como una recolección de entrevistas separadas a distintos científicos de prestigiosas universidades del mundo. Sin embargo, todos las personas que colaboran en él ya han trabajado con proyectos parecidos. En esta película no hay lugar para la discusión y el debate, o los puntos de vista opuestos. Los directores de su rodaje forman parte de un movimiento que afirma que su líder es un médium (un individuo que funciona como receptor de actividad psíquica paranormal) en contacto con un lemur. Según la tradición, los lemures precedieron a la humanidad como forma de vida en este planeta. Luego del derrumbe de su civilización, el pueblo de los atlantes tomó el poder y estableció un imperio que, por las malas obras de su período en decadencia, fue sumergido bajo las aguas por siempre. Este lemur transmite conocimientos trascendentales a la Tierra y la Humanidad a través de dicha persona.

Lo que realmente me parece una estupidez es querer presentar esta doctrina con aires de cientificismo. No es que crea particularmente que la ciencia tiene todas las respuesta y es la llave del progreso de la humanidad. Pero manipular la información (porque lo que producen ni siquiera puede ser llamado conocimiento) de esa manera no debería estar permitido. Al menos deberían advertir a los ingenuos consumidores (como yo) de que este tipo de producción forma parte de una visión a mitad de camino entre ciencia y religión, y que todo lo dicho (o casi todo) no puede considerarse más que opinión.

Lamentablemente, en los últimos años las creencias religiosas han cobrado vigor en todo el mundo. Algunos estados de los Estados Unidos, incluso han admitido como válida la enseñanza del dogma creacionista, el cual postula que los hechos relatados en el Génesis bíblico tuvieron una existencia comprobable científicamente.

Y, sin embargo, también tenemos ejemplos de noble producción científica de carácter masivo. La verdad incómoda, la peli de Al Gore, demuestra que la humanidad puede sobreponerse a los prejuicios irracionales (que están dentro del hombre, claro está) y conscientizarse sobre el daño de la acción humana y las terribles consecuencias que éste tiene sobre el Planeta.

Yo opongo estos tipos de producciones. Para mí son totalmente contrarias en su enfoque y en su fin. Mientras que ¿Y tú qué ####### sabes? me produce una sensación de total superficialidad (aunque tal vez le podemos dar a sus creadores el beneficio de la duda sobre su intencionalidad) y malgasto de mi tiempo, La Verdad Incómoda me parece el tipo de mensaje que tenemos que empezar a volver colectivo.



viernes, 23 de marzo de 2007

Un sueño muy raro

La ocasión es festiva. Hay luces doradas por doquier. Se diría que se ven un tanto apagadas, un poco tristes. Pero la gente está vestida de noche, y festeja, aunque siento que el fuerte contraste produce un ambiente irreal, casi fantasmagórico.
Por alguna razón hay autos, muchos autos afuera. Levanto la mirada y me doy cuenta que estamos contemplando, como a través de un cristal, la Avenida 9 de Julio. Un caos de tránsito impera en el lugar.
De repente, un hombre, rubio y alto, de aspecto anglosajón, flaco y de ojos claros, arroja una piedra desde el otro lado. La interpolación de los mundos parece imposible por un momento: el hombre no tiene la fuerza necesaria para alcanzar esa distancia, con un trozo de piedra tan macizo. Y, sin embargo, para sorpresa de todos, la roca golpea en el pavimento con una velocidad espantosa, y rueda peligrosamente hasta el salón. Los invitados se alejan justo a tiempo y evitan una sangrienta colisión.
Para consternación general, otro individuo, esta vez de impreciso perfil, arroja una piedra aún más grande que la anterior, y mucho más lejos. Y así un tercero y un cuarto.
En ese momento, todo el auditorio estalla en un pánico súbito. Como si se tratase de una alarma de incendios, la gente enloquece y corre de un lado para el otro buscando la salida de la mansión. Me veo corriendo a través de los penumbrosos pasillos de el edificio en busca de mi mujer. Y, sin embargo, la encuentro fuera, todavía a resguardo, pero corriendo en busca de sus padres.
Al fin los encontramos. Por una orden imperativa de su padre, nos enteramos que su auto está en el estacionamiento, sobre el flanco derecho de la mansión, y que debemos ir corriendo hacia allí. Nos piden que nos apresuremos una vez más, porque eso, eso que hasta unos momentos creíamos hombres, no lo son tal.
Arrancamos y nos vamos, dando peligrosas vueltas y zigzagueando a través de los autos estacionados. Estamos a salvo.
Sin embargo, como suele suceder en estos sueños, la individualidad puede salvarse, pero el observador, que es más profundo y más antiguo, se mantiene y contempla el colapso hasta el advenimiento de la pesadilla.
Los hombres ahora se han despojado de sus disfraces. Son, en realidad, gorilas. Pero no cualquier tipo de gorilas. Tienen un porte erguido y ojos rojos brillantes, y se dedican a destruir todo sistemáticamente. Ahora yo no soy yo. Sí, soy el observador, pero desde el punto de vista de otro, de uno que no fue lo suficientemente afortunado para escapar. Sé que estoy solo en la mansión y que mi salvación depende de que los individuos encapuchados que controlan estas bestias no sean conscientes de mi presencia.
A través de un bosque de pinos, repto como una serpiente, intentando por todos medios pasar desapercibido. A lo lejos se escucha el clamor de la construcción viniéndose abajo. Pueden haber pasado minutos, pero a mí me parecen horas. Sigo escapando a baja velocidad. Miro hacia atrás y encuentro que en el lugar en donde antes se elevaba la agraciada construcción, sólo quedan cuatro columnas de imperecedera vitalidad. Los gorilas y sus dueños ahora vienen hacia mi dirección en busca de algo o alguien más.
Y sin embargo, no todo es oscuridad, dicen. Y tal vez la oscuridad sólo sea una forma de hacer la luz aún más gloriosa. En ese instante, amanece. Es una luz fría y grisácea, pero entonces descubro que tengo que huir hacia las alturas, y rápido. Trepo por uno de los pinos hasta una gran altura, y luego me deslizo sobre una pared de piedra caliza que acaba de aparecer hace un momento.
Los captores ya están ahí. Uno eleva su mirada hacia el borde de la plataforma, justo hasta donde estoy yo, pero parece no verme. Los feroces gorilas están a su lado, esperando una señal. Lentamente me arrastro hacia delante. Hay una cuerda que une este pino y otro a lo lejos. En el medio hay una pileta de natación. Sus aguas son celestes, pero están manchadas, como si el agua de lluvia y unos días sin limpieza hubiesen empañado su pureza original.
Un tanto dubitativo, me tomé mi tiempo. Corto un trozo de tela, lo paso sobre la cuerda de tosco material, y me deslizo. En ese instante, lo sé con seguridad: me han detectado.
Lleguo al otro lado de la pileta. Entre esta y el pino se yergue el límite del campo de la mansión. Es una cerca común, de alambre tejido. Hay algo de peligroso en ella, que no sé precisar. Quizás está electrificada. Oigo el murmullo de los captores. Se acercan, pero algo me dice que me quede quieto. Sorprendentemente, la conversación crece, pero del otro lado de la cerca: ellos me esperan fuera.
En ese momento sentí que uno de ellos estaba tratando de ayudarme. Él fue, desde un principio, mi guardián. Él me había visto, y no hizo nada al respecto. Y ahora, me urgía a tranquilizarme. Los había guiado por el camino incorrecto. Ahora me decía que tenía que despertar. Que ya nada me iba a poder hacer daño, que sólo era un sueño, una horrible pesadilla, creada por mis miedos y deseos, y que todo pasaría una vez que volviese a la consciencia.